viernes, 28 de mayo de 2010

Mi corazón sin ti



Las puertas se cerraron delante de mis narices y perdí el metro. Nada podría ya evitar ese día que yo llegara tarde a mi destino. El vagón se tornó velocidad y aire ante mi cara, antes de desaparecer por el oscuro túnel. Después, reinó el silencio. Y era extraño, porque en el andén aún quedaban muchas personas. Supongo que a esas horas de la mañana es lo normal y, por mucha gente que haya a tu alrededor, el silencio poderoso flota como una manta cálida que se agradece.

Cerré los ojos y respiré hondo para tragarme la impaciencia. ¿Cuánto tardaría el próximo tren? Al abrirlos, el tiempo se paralizó con un golpe seco y empezó a retroceder. Quién sabe si fue por motivo de alguna extraña brujería o por algún eclipse lunar que volvió mágico lo vulgar. Quién sabe por qué la vida gira de pronto y, en ese revés, arrastra el tiempo consigo transportándote imperiosamente al pasado. Quién sabe por qué de pronto todo el universo se detiene, suspendido en un frágil hilo de conciencia, y te quedas sola en un andén mirando al frente, a lo único que no se ha difuminado en ese intervalo de tiempo robado del infinito.

Sí, yo miraba tu cara. Un rostro familiar, lejano e imposible.

Había perdido aquel rostro hacía ya mucho tiempo, demasiado como para que tu mirada, de la que fui desterrada en el pasado sin vacilaciones, pudiera mostrar otra cosa que no fuera sorpresa. Pero a través del breve espacio que nos separaba, pude sentir tus ojos contemplándome, al igual que yo a ellos, con el sabor de la nostalgia.

Tus labios dibujaron mi nombre en el aire, pero no llegaron a pronunciarlo. Mi mano, en un amago que fue valientemente controlado, quiso extenderse hacia ti, reclamándote. Se abrió en mi pecho la puerta que sólo ante ti consentía ceder y vi tu alma -lo sé, sé que la vi- volar por encima de las vías acercándose a mí. Mas cuando aquel bello espíritu de dimensiones pasadas, lleno hasta desbordar de los sentimientos vividos antaño, se posó sobre el suelo a centímetros de mí, un ruido de cristales rotos atravesó nuestras conciencias.

Giró entonces aquella esencia del ayer alrededor de mí, en vertiginosa espiral, haciendo palpitar mis sienes. No habían sido cristales rotos. Lo comprendí al profundizar en aquellos ojos lejanos, al intuir de pronto algunas certezas de la vida: su vulnerabilidad, sus dones perecederos, su indiscutible mortalidad. El aire se impregnó del aroma de las oportunidades perdidas y, segundos antes de que llegase otro tren, supe que habían sido oportunidades desaprovechadas.

Toneladas de acero se interpusieron de nuevo entre tú y yo. Y cuando el tren arrancó y continuó su camino, comprobé que el andén de enfrente había quedado vacío. No quedaba rastro de ti y nada me aseguraba que, en realidad, todo aquello no hubiese sido más que un sueño.

No fueron cristales rotos... Fue una frase que pude sentir como una dentellada salvaje en el centro del pecho: nunca más. No. No fueron cristales rotos... fue el sonido que salió de mi corazón al comprender que a partir de ese momento, tendría que seguir latiendo sin ti.

domingo, 16 de mayo de 2010

Después, el sol

Después, el sol
muy bajo en el cielo
de media tarde
trajo la codicia de poseerte.

Y el deseo
sobrevolaba el aire cálido
de una tarde donde el sol moría
y nacía, tras las bocas
un beso absoluto que lo podía todo.

Llena la mente
de ti
el corazón pleno de ti
y los ojos llenos.

Olvidados por siempre lo otros,
cuyas imágenes gastadas,
aburridas, grises
se desvanecieron tras un resplandor
que lo llenó todo.

De tus pupilas, tal vez
aquel brillo, aquella luz
que susurró: mi amor.
Tal vez, de tus ojos
ocultos tras larguísimas pestañas
surgió el calor que me evaporó.

sábado, 8 de mayo de 2010

Un Principio Prometedor

Hoy me he encontrado una agradable sorpresa... Un primer capítulo de una novela que, como es ya normal en mí, no continué. Lo escribí mucho antes de realizar el taller de novela romántica, puede decirse que es de mis inicios como escritora en este género. Por eso, pido disculpas por los posibles errores y por la precipitación que parece flotar por todo el texto. Evidentemente, necesita una buena revisión y quizás un nuevo enfoque de cara a plantear el desarrollo de la novela entera. Pero eso será cuando termine la que tengo entre manos, cosa que espero ocurra antes de terminar este año...

"El caldo por fin rompió a hervir dentro de la olla colgada sobre el fuego y Beátrice echó dos puñados de arroz, aspirando el delicioso olor que ya empezaba a reconocer como el de sus guisos. La niña era novata en la cocina. Hasta dos meses antes, su padre no se había decidido a dejarla completamente sola con los cacharros de cocina.

Se sentó en la pequeña mecedora cercana al fuego y contempló cómo burbujeaba el caldo. Era algo sedante. La tranquilizaba el olor, el humo que salía de la olla, el sonido de la cocción. Con los ojos verdes fijos en la sopa, las manos relajadas sobre el regazo y el cuerpo meciéndose suavemente, Beátrice tardó en darse cuenta de que estaban llamando a la puerta de la casa.

Se levantó con de desgana, descorrió el enorme cerrojo que su padre la obligaba a echar cuando estaba sola y abrió la puerta con precaución. Al otro lado, un hombre alto, rubio, corpulento y con la barba muy tupida, la observó con admiración.

–¿Desea algo? –preguntó ella con cierta sequedad.

El hombre pareció relajarse cuando oyó la voz femenina. Apoyó una mano contra el quicio de la puerta y dejó caer la cabeza hacia delante al tiempo que reía suavemente.

–Niña, eres la primera persona no hostil que veo en días –dijo, con la voz más grave que Beátrice oyera nunca.

Ella esperó a que continuara hablando. Aún no sabía lo que quería, y no se atrevía a abrir del todo la puerta. La sujetaba firmemente con las dos manos, por si le hiciera falta cerrarla de un golpe y echar el cerrojo a toda prisa. Nunca podía saberse... En los tiempos que corrían, todas las precauciones eran pocas. Y Beátrice era desconfiada. Mucho.

–Me gustaría comer algo. Llevo viajando mucho tiempo y no todos son tan amables como tú.

La niña sintió una pequeña punzada de remordimientos. Al hombre se le veía cansado. En realidad, parecía agotado, y su gente no tenía costumbre de dejar a los visitantes sin la hospitalidad que podían brindarles. Su padre ya le habría hecho pasar. Pero aún así...

–Señor, no sé si debo dejarle entrar en mi casa. Usted es un extraño y yo...

–Te aseguro –la interrumpió él, mirándola con expresión suplicante–, que no haré daño a nadie de esta casa. Sólo necesito descansar un poco y algo de comer. Tengo unas monedas, pagaré por la hospitalidad.

Beátrice contempló los ojos color miel del hombre. Parecía sincero, sin maldad. Él también la miraba, intensamente. Y algo en aquella mirada la conmovió. Sintió un aleteo en el estómago, un escalofrío que le bajó desde el pecho hasta la pelvis. Antes de que pudiera darse cuenta de lo que hacía, ya había abierto la puerta del todo y se apartaba para permitir el paso del hombre al interior de la estancia.

Éste observó la sala con detenimiento. Gente humilde, por supuesto. Una pequeña vivienda de madera y piedra, adornada con elementos de barro decorado, con platos, con flores, con pieles de animales pequeños. Todo en una sola habitación. El fuego y los utensilios de cocina en la pared frente a la puerta de entrada. Una mesa con sillas en el centro y, a un lado, unos catres dispuestos para albergar a no menos de cinco personas. Había una cuna, y dentro, un bebé durmiendo.

–¿Es tu hijo?

Ella se escandalizó. Lo miró con los ojos muy abiertos, ofendidos.

–Es mi hermano, señor. Yo no tengo hijos.

–¿Cuántos años tienes, niña?

–Trece.

–Pareces mayor, pero aún así, no veo porqué no puede ser tuyo el niño. Eres muy hermosa. Cualquier hombre te desearía.

Beátrice se ruborizó. Debería haberse asustado ante ese comentario y, si hubiese sido otro hombre, lo habría hecho. Pero él lo dijo con aquella voz tan grave, en modo alguno amenazante, que despertó en ella el deseo de que se lo dijera otra vez.

Le indicó que se sentara a la mesa y le sirvió un vaso de vino con un poco de queso. El hombre la miró agradecido.

–No es que sólo tenga eso -se excusó ella- hay más comida. Pero deberíamos esperar a que mi familia regrese de los campos.

–¿Están trabajando?

–Sí. Yo me quedo aquí, hago las faenas de la casa y cuido de Raymond.

El hombre señaló la cuna y Beátrice asintió.

–¿Tienes más hermanos?

–Dos más. Yo soy la única chica.

–Eso explica porqué eres tan bonita. No has tenido que compartir tu belleza con ninguna hermana.

A Beátrice se le secó la boca ante este nuevo comentario. Nunca había pensado que ella pudiera ser hermosa, simplemente, no se le había pasado por la cabeza. Pero ahora que el hombre lo decía una y otra vez, estaba empezando a gustarle. Tuvo deseos de salir corriendo a buscar uno de esos espejos que usaba la gente noble para verse la cara y decidir por sí misma si merecía el cumplido.

–Aún no me has dicho tu nombre –otra vez la voz grave, de tono suave, atractivo. Otra vez el hormigueo en el estómago.

–Soy..., me llamo Beátrice.

¿A qué vienen estos nervios? Se preguntó. No era la primera vez que trataba con un hombre desconocido, pero nunca se había sentido tan torpe, tan fuera de lugar, tan niña...

–Yo soy Arnaud de Carcassone. Ahora ya no somos desconocidos, Beátrice.

Ella se sintió temblar cuando él pronunció su nombre. Arnaud bebía lentamente el vino y no le quitaba los ojos de encima. No hablaron más. Fue algo extraño, durante esos minutos que compartieron, Beátrice experimentó la sensación de estar unida con ese hombre de un modo sentimental. Notaba en el ambiente la intimidad propia de una pareja en su hogar, junto al fuego, con un bebé durmiendo en la cuna. Poco importaba que el niño no fuese suyo, y mucho menos que en realidad aquel hombre no fuese para ella más que un desconocido. Había algo. Tenía la sensación de ser su mujer. Y en realidad, sólo era una niña.

Arnaud de Carcasonne tenía los hombros más anchos que cualquier hombre del pueblo, la estatura gigantesca, el rostro bien definido, semioculto por la barba y aún así, Beátrice lo encontró sumamente atractivo. Los ojos eran dulces y serenos, como la voz. Había escuchado poco en realidad, pero ella ya sabía que era una voz que no se imponía, que respetaba, que sabía elogiar y agradecer, que podría amar sólo con palabras.

Transcurrieron los minutos y volaban, acortados por las sensaciones de Beátrice y las silenciosas miradas del hombre. Se oyó jaleo fuera de la casa y, de pronto, Raymond comenzó a llorar. Beátrice se levantó y fue hacia la cuna. Lo cogió en brazos y le habló para que se calmara.

–Shh... Ya está, Ray, todo está bien.

Arnaud la miraba hipnotizado. Toda su vida había estado con mujeres, algunas en verdad increíbles. Pero ninguna como aquella niña que despertaba en él un calor desconocido. Sorprendido por esas emociones tan apabullantes, tuvo un acceso de ansiedad cuando ella cogió al bebé y lo acunó en sus brazos. Era más que una sensación física. Más incluso que una necesidad. Era el convencimiento absoluto de que él se encontraba en ese mundo para amar a esa mujer, para acariciarla, para protegerla, para tener hijos con ella. Y no se trataba de ninguna imposición divina. Era un don. Un don maravilloso que él debía aceptar, que estaba deseando aceptar.

De súbito, la puerta de la casa se abrió de golpe, sobresaltándolos a ambos. Eran el padre y los hermanos de Beátrice, que miraron al extraño con asombro y con recelo.

–¿Beátrice? ¿Quién es éste hombre?

Ella depositó al niño en su cuna y se volvió para enfrentar a su padre.

–Es el señor Arnaud de Carcassone. Viene de muy lejos y está cansado. Le he ofrecido nuestra hospitalidad.

El rostro del hombre no se relajó. Contempló al extraño con perspicacia, hasta que este decidió hablar antes de que su recelo se tornase mayor.

–Su hija ha sido muy amable, señor, ofreciéndome su casa y su compañía. Hacía mucho tiempo que no encontraba a nadie tan generoso. De todas maneras, si mi presencia no es grata, pagaré lo que he consumido y me marcharé ahora mismo.

Beátrice sintió que se le encogía el estómago. Aún no. No debía partir tan pronto. Miró ansiosamente a su padre y respiró aliviada cuando vio el cambio que se obraba en su rostro, que se tornó amistoso tras las palabras de Arnaud. Avanzó hasta el desconocido y le tendió la mano.

–Bienvenido sea entonces a mi casa. Si mi hija lo ha creído oportuno, no veo nada de malo en que comparta nuestra comida. Y, sin pagar, por supuesto. Parece usted hombre de buena fe.

Arnaud de Carcassone no pudo dejar de estudiar a los recién llegados. El padre era pequeño pero robusto, el pelo algo canoso en las sienes y poseía una barriga de bienestar. Los hermanos eran mayores que Beátrice, o eso aparentaban. Se parecían mucho entre ellos y, al mismo tiempo, a su padre. Pero Beátrice no. Ella era distinta, tenía otro porte, otros rasgos, y se alegraba de que así fuese.

–¿Qué tal le ha atendido Beátrice? Veo que ha probado nuestro fabuloso vino.

–Sí señor. Uno de los mejores que he probado. Y la atención, sin duda, la mejor que me han prodigado.

–Mi niña es excepcional, ya lo habrá notado. Se parece a su madre.

–Por cierto, ¿dónde...?

–Mi mujer murió a dar a luz al pequeño Raymond. Ha sido muy duro para todos, pero para Beátrice ha sido especialmente triste. La única chica, ya ve usted, y se ha tenido que hacer cargo de todo. Como le digo, es increíble. Y fuerte, muy fuerte.

Arnaud tuvo la impresión de que la estaba vendiendo. No parecía ser uno de esos padres que entregaban a sus hijas al primer hombre con dinero que se les cruzaba en el camino, y menos teniendo en cuenta que en la casa había un bebé del que ocuparse. Seguramente sería sólo orgullo de padre, aunque no le habría desagradado la idea de que se la vendieran. Beátrice lo tenía completamente cautivado."