martes, 23 de noviembre de 2010

Uno de mis favoritos



Hoy quiero compartir con vosotros uno de mis poemas favoritos. No es mío, ni mucho menos, pero cada vez que lo leo me deja extasiada. Su autora es Aurora de Albornoz, una poetisa nacida en Luarca (Asturias) y, sin duda, toda una señora de las letras...

I

Qué intento sobrehumano
de llegar más adentro de la carne.

Qué doble voluntad de cerrarse en lo uno.
De fundirse en lo uno.
Qué esperanza de vencer a la muerte
por el otro,
en el otro,
desde el otro.
Qué doble afán de crearse minutos eternos.

Pero la carne cansa
sin deshacer el muro.
Y el muro queda siempre.

II

Sin embargo,
hay instantes que se logran.
Cortos momentos plenos.

Cuando nos encontramos con el otro que teme.
Cuando nos encontramos
con aquel que proyecta en nosotros
todas sus soledades.

Hay minutos,
segundos
que salvan una vida.

Hay instantes pequeños
que queremos hacer infinitos.

Son pequeños.
No pueden extenderse.

Sin embargo
-cortos momentos plenos-
hay segundos que salvan una vida.

domingo, 3 de octubre de 2010

Tras el Largo Viaje



Bueno, pues se acabó, por fin. O mejor dicho, la acabé... La novela romántica que comencé hace ya ni se sabe y que se quedó estancada en varias ocasiones, a veces avasallada por algún otro proyecto y a veces, simplemente, porque mi mente se bloqueaba. Se titula "Tras el largo viaje", y está ambientada en 1854, en California. La idea surgió después de ver la película Caravana de Mujeres (aclaro, después de verla por enésima vez, por supuesto), y me puse a pensar... ¿qué ocurriría después? Es decir, tras ese largo viaje, después de que esas mujeres se casaran con auténticos desconocidos.

Y así surgió la historia de Shannon, y de cómo conoce a su marido, Darren, y de todas las dificultades que tiene que pasar para encontrar la vida que siempre ha deseado...

Mañana mismo empezaré a mover la novela y esperaré con los dedos cruzados a ver si le interesa a alguien... Si no, al menos tengo la satisfacción de haber conseguido poner la palabra FIN (y, os lo aseguro, en mi caso ha sido una proeza) y de tener entre mis manos una historia que me gusta, que me divierte y que me ha hecho pasar muy buenos ratos mientras la escribía.

Ya os iré contando...

viernes, 11 de junio de 2010

Los Ojos de Zeus


Hemos perdido el pasado.

Recuerdo que lo metí en alguno de los cajones del enorme armario del dormitorio, pero ahora... ahora ya no lo encuentro. Estaba junto con una manta de lana y unos calcetines para dormir.

Zeus entra en el cuarto y me ve arrodillada, buscando y revolviendo todos los cajones.

–¿Qué haces? –me pregunta, con su voz familiar y envejecida.

–No lo encuentro. Lo puse aquí, seguro, pero ya no está.

Él se acerca y se arrodilla a mi lado. Le cuesta. Todos sus movimientos son ahora calculados para no emplear más fuerza de la necesaria, para no efectuar una mala maniobra y caer de bruces.

–¿Qué buscas? ¿Te ayudo?

Yo lo miro desolada. Si no lo encontramos pronto... ¿qué nos quedará? Todo se ha ido gastando: el dinero, la casa, la juventud... Sin embargo, con el pasado ha sido todo lo contrario. Cada vez teníamos más y más.

Al principio, ocupaba todo el dormitorio. Luego, se fue desbordando y se desparramó por toda la casa, llenando cada rincón de fotos, de ecos de risas antiguas, de versos pronunciados mucho tiempo atrás, de recuerdos cada vez más desgastados... Hasta que un día, yo lo recogí todo y lo metí en el armario. Para que nada se escapara, para no perder nada. Y, ahora, me encuentro con que ha ocurrido lo que tanto me temía.

Me estoy poniendo cada vez más nerviosa. Zeus comienza a buscar conmigo, en solidaridad con mi causa, aunque desconozca la locura que me invade de pronto. Pero no es algo que me sorprenda. Sé, dentro de mi mente cansada, dentro de mi corazón, que Zeus siempre hará por mí esas cosas. Me refiero a cosas como ponerse a buscar a mi lado algo que no sabe qué es.

Después de unos minutos de infructuosa búsqueda, Zeus coge mi mano con cariño, con la confianza que dan miles de días compartidos, y me dice:

–No te preocupes, lo encontraremos, sea lo que sea.

Yo me giro para mirarlo. Los ojos me escuecen por contener la desesperación que me invade por momentos. Quiero creerle... Zeus nunca me ha mentido.

Entonces lo veo. Allí está todo: lo que busco, lo que quiero, lo que soy.

El pasado arde como un fuego incombustible en los ojos de Zeus. En plena incandescencia, puedo ver todo aquello que atesoro y me doy cuenta de que no es sólo pasado lo que guardan esos ojos amados...

Prometen también futuro. Prometen también no hacerme olvidar nunca quién soy y por qué soy.

viernes, 28 de mayo de 2010

Mi corazón sin ti



Las puertas se cerraron delante de mis narices y perdí el metro. Nada podría ya evitar ese día que yo llegara tarde a mi destino. El vagón se tornó velocidad y aire ante mi cara, antes de desaparecer por el oscuro túnel. Después, reinó el silencio. Y era extraño, porque en el andén aún quedaban muchas personas. Supongo que a esas horas de la mañana es lo normal y, por mucha gente que haya a tu alrededor, el silencio poderoso flota como una manta cálida que se agradece.

Cerré los ojos y respiré hondo para tragarme la impaciencia. ¿Cuánto tardaría el próximo tren? Al abrirlos, el tiempo se paralizó con un golpe seco y empezó a retroceder. Quién sabe si fue por motivo de alguna extraña brujería o por algún eclipse lunar que volvió mágico lo vulgar. Quién sabe por qué la vida gira de pronto y, en ese revés, arrastra el tiempo consigo transportándote imperiosamente al pasado. Quién sabe por qué de pronto todo el universo se detiene, suspendido en un frágil hilo de conciencia, y te quedas sola en un andén mirando al frente, a lo único que no se ha difuminado en ese intervalo de tiempo robado del infinito.

Sí, yo miraba tu cara. Un rostro familiar, lejano e imposible.

Había perdido aquel rostro hacía ya mucho tiempo, demasiado como para que tu mirada, de la que fui desterrada en el pasado sin vacilaciones, pudiera mostrar otra cosa que no fuera sorpresa. Pero a través del breve espacio que nos separaba, pude sentir tus ojos contemplándome, al igual que yo a ellos, con el sabor de la nostalgia.

Tus labios dibujaron mi nombre en el aire, pero no llegaron a pronunciarlo. Mi mano, en un amago que fue valientemente controlado, quiso extenderse hacia ti, reclamándote. Se abrió en mi pecho la puerta que sólo ante ti consentía ceder y vi tu alma -lo sé, sé que la vi- volar por encima de las vías acercándose a mí. Mas cuando aquel bello espíritu de dimensiones pasadas, lleno hasta desbordar de los sentimientos vividos antaño, se posó sobre el suelo a centímetros de mí, un ruido de cristales rotos atravesó nuestras conciencias.

Giró entonces aquella esencia del ayer alrededor de mí, en vertiginosa espiral, haciendo palpitar mis sienes. No habían sido cristales rotos. Lo comprendí al profundizar en aquellos ojos lejanos, al intuir de pronto algunas certezas de la vida: su vulnerabilidad, sus dones perecederos, su indiscutible mortalidad. El aire se impregnó del aroma de las oportunidades perdidas y, segundos antes de que llegase otro tren, supe que habían sido oportunidades desaprovechadas.

Toneladas de acero se interpusieron de nuevo entre tú y yo. Y cuando el tren arrancó y continuó su camino, comprobé que el andén de enfrente había quedado vacío. No quedaba rastro de ti y nada me aseguraba que, en realidad, todo aquello no hubiese sido más que un sueño.

No fueron cristales rotos... Fue una frase que pude sentir como una dentellada salvaje en el centro del pecho: nunca más. No. No fueron cristales rotos... fue el sonido que salió de mi corazón al comprender que a partir de ese momento, tendría que seguir latiendo sin ti.

domingo, 16 de mayo de 2010

Después, el sol

Después, el sol
muy bajo en el cielo
de media tarde
trajo la codicia de poseerte.

Y el deseo
sobrevolaba el aire cálido
de una tarde donde el sol moría
y nacía, tras las bocas
un beso absoluto que lo podía todo.

Llena la mente
de ti
el corazón pleno de ti
y los ojos llenos.

Olvidados por siempre lo otros,
cuyas imágenes gastadas,
aburridas, grises
se desvanecieron tras un resplandor
que lo llenó todo.

De tus pupilas, tal vez
aquel brillo, aquella luz
que susurró: mi amor.
Tal vez, de tus ojos
ocultos tras larguísimas pestañas
surgió el calor que me evaporó.

sábado, 8 de mayo de 2010

Un Principio Prometedor

Hoy me he encontrado una agradable sorpresa... Un primer capítulo de una novela que, como es ya normal en mí, no continué. Lo escribí mucho antes de realizar el taller de novela romántica, puede decirse que es de mis inicios como escritora en este género. Por eso, pido disculpas por los posibles errores y por la precipitación que parece flotar por todo el texto. Evidentemente, necesita una buena revisión y quizás un nuevo enfoque de cara a plantear el desarrollo de la novela entera. Pero eso será cuando termine la que tengo entre manos, cosa que espero ocurra antes de terminar este año...

"El caldo por fin rompió a hervir dentro de la olla colgada sobre el fuego y Beátrice echó dos puñados de arroz, aspirando el delicioso olor que ya empezaba a reconocer como el de sus guisos. La niña era novata en la cocina. Hasta dos meses antes, su padre no se había decidido a dejarla completamente sola con los cacharros de cocina.

Se sentó en la pequeña mecedora cercana al fuego y contempló cómo burbujeaba el caldo. Era algo sedante. La tranquilizaba el olor, el humo que salía de la olla, el sonido de la cocción. Con los ojos verdes fijos en la sopa, las manos relajadas sobre el regazo y el cuerpo meciéndose suavemente, Beátrice tardó en darse cuenta de que estaban llamando a la puerta de la casa.

Se levantó con de desgana, descorrió el enorme cerrojo que su padre la obligaba a echar cuando estaba sola y abrió la puerta con precaución. Al otro lado, un hombre alto, rubio, corpulento y con la barba muy tupida, la observó con admiración.

–¿Desea algo? –preguntó ella con cierta sequedad.

El hombre pareció relajarse cuando oyó la voz femenina. Apoyó una mano contra el quicio de la puerta y dejó caer la cabeza hacia delante al tiempo que reía suavemente.

–Niña, eres la primera persona no hostil que veo en días –dijo, con la voz más grave que Beátrice oyera nunca.

Ella esperó a que continuara hablando. Aún no sabía lo que quería, y no se atrevía a abrir del todo la puerta. La sujetaba firmemente con las dos manos, por si le hiciera falta cerrarla de un golpe y echar el cerrojo a toda prisa. Nunca podía saberse... En los tiempos que corrían, todas las precauciones eran pocas. Y Beátrice era desconfiada. Mucho.

–Me gustaría comer algo. Llevo viajando mucho tiempo y no todos son tan amables como tú.

La niña sintió una pequeña punzada de remordimientos. Al hombre se le veía cansado. En realidad, parecía agotado, y su gente no tenía costumbre de dejar a los visitantes sin la hospitalidad que podían brindarles. Su padre ya le habría hecho pasar. Pero aún así...

–Señor, no sé si debo dejarle entrar en mi casa. Usted es un extraño y yo...

–Te aseguro –la interrumpió él, mirándola con expresión suplicante–, que no haré daño a nadie de esta casa. Sólo necesito descansar un poco y algo de comer. Tengo unas monedas, pagaré por la hospitalidad.

Beátrice contempló los ojos color miel del hombre. Parecía sincero, sin maldad. Él también la miraba, intensamente. Y algo en aquella mirada la conmovió. Sintió un aleteo en el estómago, un escalofrío que le bajó desde el pecho hasta la pelvis. Antes de que pudiera darse cuenta de lo que hacía, ya había abierto la puerta del todo y se apartaba para permitir el paso del hombre al interior de la estancia.

Éste observó la sala con detenimiento. Gente humilde, por supuesto. Una pequeña vivienda de madera y piedra, adornada con elementos de barro decorado, con platos, con flores, con pieles de animales pequeños. Todo en una sola habitación. El fuego y los utensilios de cocina en la pared frente a la puerta de entrada. Una mesa con sillas en el centro y, a un lado, unos catres dispuestos para albergar a no menos de cinco personas. Había una cuna, y dentro, un bebé durmiendo.

–¿Es tu hijo?

Ella se escandalizó. Lo miró con los ojos muy abiertos, ofendidos.

–Es mi hermano, señor. Yo no tengo hijos.

–¿Cuántos años tienes, niña?

–Trece.

–Pareces mayor, pero aún así, no veo porqué no puede ser tuyo el niño. Eres muy hermosa. Cualquier hombre te desearía.

Beátrice se ruborizó. Debería haberse asustado ante ese comentario y, si hubiese sido otro hombre, lo habría hecho. Pero él lo dijo con aquella voz tan grave, en modo alguno amenazante, que despertó en ella el deseo de que se lo dijera otra vez.

Le indicó que se sentara a la mesa y le sirvió un vaso de vino con un poco de queso. El hombre la miró agradecido.

–No es que sólo tenga eso -se excusó ella- hay más comida. Pero deberíamos esperar a que mi familia regrese de los campos.

–¿Están trabajando?

–Sí. Yo me quedo aquí, hago las faenas de la casa y cuido de Raymond.

El hombre señaló la cuna y Beátrice asintió.

–¿Tienes más hermanos?

–Dos más. Yo soy la única chica.

–Eso explica porqué eres tan bonita. No has tenido que compartir tu belleza con ninguna hermana.

A Beátrice se le secó la boca ante este nuevo comentario. Nunca había pensado que ella pudiera ser hermosa, simplemente, no se le había pasado por la cabeza. Pero ahora que el hombre lo decía una y otra vez, estaba empezando a gustarle. Tuvo deseos de salir corriendo a buscar uno de esos espejos que usaba la gente noble para verse la cara y decidir por sí misma si merecía el cumplido.

–Aún no me has dicho tu nombre –otra vez la voz grave, de tono suave, atractivo. Otra vez el hormigueo en el estómago.

–Soy..., me llamo Beátrice.

¿A qué vienen estos nervios? Se preguntó. No era la primera vez que trataba con un hombre desconocido, pero nunca se había sentido tan torpe, tan fuera de lugar, tan niña...

–Yo soy Arnaud de Carcassone. Ahora ya no somos desconocidos, Beátrice.

Ella se sintió temblar cuando él pronunció su nombre. Arnaud bebía lentamente el vino y no le quitaba los ojos de encima. No hablaron más. Fue algo extraño, durante esos minutos que compartieron, Beátrice experimentó la sensación de estar unida con ese hombre de un modo sentimental. Notaba en el ambiente la intimidad propia de una pareja en su hogar, junto al fuego, con un bebé durmiendo en la cuna. Poco importaba que el niño no fuese suyo, y mucho menos que en realidad aquel hombre no fuese para ella más que un desconocido. Había algo. Tenía la sensación de ser su mujer. Y en realidad, sólo era una niña.

Arnaud de Carcasonne tenía los hombros más anchos que cualquier hombre del pueblo, la estatura gigantesca, el rostro bien definido, semioculto por la barba y aún así, Beátrice lo encontró sumamente atractivo. Los ojos eran dulces y serenos, como la voz. Había escuchado poco en realidad, pero ella ya sabía que era una voz que no se imponía, que respetaba, que sabía elogiar y agradecer, que podría amar sólo con palabras.

Transcurrieron los minutos y volaban, acortados por las sensaciones de Beátrice y las silenciosas miradas del hombre. Se oyó jaleo fuera de la casa y, de pronto, Raymond comenzó a llorar. Beátrice se levantó y fue hacia la cuna. Lo cogió en brazos y le habló para que se calmara.

–Shh... Ya está, Ray, todo está bien.

Arnaud la miraba hipnotizado. Toda su vida había estado con mujeres, algunas en verdad increíbles. Pero ninguna como aquella niña que despertaba en él un calor desconocido. Sorprendido por esas emociones tan apabullantes, tuvo un acceso de ansiedad cuando ella cogió al bebé y lo acunó en sus brazos. Era más que una sensación física. Más incluso que una necesidad. Era el convencimiento absoluto de que él se encontraba en ese mundo para amar a esa mujer, para acariciarla, para protegerla, para tener hijos con ella. Y no se trataba de ninguna imposición divina. Era un don. Un don maravilloso que él debía aceptar, que estaba deseando aceptar.

De súbito, la puerta de la casa se abrió de golpe, sobresaltándolos a ambos. Eran el padre y los hermanos de Beátrice, que miraron al extraño con asombro y con recelo.

–¿Beátrice? ¿Quién es éste hombre?

Ella depositó al niño en su cuna y se volvió para enfrentar a su padre.

–Es el señor Arnaud de Carcassone. Viene de muy lejos y está cansado. Le he ofrecido nuestra hospitalidad.

El rostro del hombre no se relajó. Contempló al extraño con perspicacia, hasta que este decidió hablar antes de que su recelo se tornase mayor.

–Su hija ha sido muy amable, señor, ofreciéndome su casa y su compañía. Hacía mucho tiempo que no encontraba a nadie tan generoso. De todas maneras, si mi presencia no es grata, pagaré lo que he consumido y me marcharé ahora mismo.

Beátrice sintió que se le encogía el estómago. Aún no. No debía partir tan pronto. Miró ansiosamente a su padre y respiró aliviada cuando vio el cambio que se obraba en su rostro, que se tornó amistoso tras las palabras de Arnaud. Avanzó hasta el desconocido y le tendió la mano.

–Bienvenido sea entonces a mi casa. Si mi hija lo ha creído oportuno, no veo nada de malo en que comparta nuestra comida. Y, sin pagar, por supuesto. Parece usted hombre de buena fe.

Arnaud de Carcassone no pudo dejar de estudiar a los recién llegados. El padre era pequeño pero robusto, el pelo algo canoso en las sienes y poseía una barriga de bienestar. Los hermanos eran mayores que Beátrice, o eso aparentaban. Se parecían mucho entre ellos y, al mismo tiempo, a su padre. Pero Beátrice no. Ella era distinta, tenía otro porte, otros rasgos, y se alegraba de que así fuese.

–¿Qué tal le ha atendido Beátrice? Veo que ha probado nuestro fabuloso vino.

–Sí señor. Uno de los mejores que he probado. Y la atención, sin duda, la mejor que me han prodigado.

–Mi niña es excepcional, ya lo habrá notado. Se parece a su madre.

–Por cierto, ¿dónde...?

–Mi mujer murió a dar a luz al pequeño Raymond. Ha sido muy duro para todos, pero para Beátrice ha sido especialmente triste. La única chica, ya ve usted, y se ha tenido que hacer cargo de todo. Como le digo, es increíble. Y fuerte, muy fuerte.

Arnaud tuvo la impresión de que la estaba vendiendo. No parecía ser uno de esos padres que entregaban a sus hijas al primer hombre con dinero que se les cruzaba en el camino, y menos teniendo en cuenta que en la casa había un bebé del que ocuparse. Seguramente sería sólo orgullo de padre, aunque no le habría desagradado la idea de que se la vendieran. Beátrice lo tenía completamente cautivado."

viernes, 12 de marzo de 2010

Cruce de Miradas


Una sombra de pasado que arrasa el iris y conmociona la respiración. Las pupilas se dilatan, buscándote en lo imposible. Porque no puedes ser tú. Y, sin embargo, al levantar la vista, sin duda tú, ya presentido segundos antes, apenas unas décimas de tiempo que al recordar y saborearlas, pueden transcurrir tan lentas como lo desee el alma. Siento el cuchillo de todos los quizás que han rondado mi mente durante tantos años al descubrir tus ojos descubriéndome a su vez.

Dile al corazón que detenga el galope al que se lanza. Dile a las piedras que endurecen las miradas que se derritan brevemente, que nos dejen ver al otro por entero, tal y como cada uno es. O tal y como nos soñamos.

Nos acercamos atraídos por un imán oculto en el pecho, los besos de cortesía parecen tan fríos… Y las ganas de hablar no dejan salir a la superficie los verdaderos sentimientos. Tampoco hay tiempo para que suceda; para que el cielo se vuelva morado y la luz se difumine en extrañas mezclas de colores que sintonicen con nuestro estado de ánimo.

Hablamos. Nuestras bocas se mueven pero no estamos escuchando. Yo, al menos, aunque intento recopilar toda la información posible, no logro enfocar nada. Me da vueltas, el mundo. Qué decir, qué frase precisa más las emociones encontradas de improviso, el mal disimulado entusiasmo de la suerte y la coincidencia. No hay tiempo. No hay nada.

La despedida es amigable y superficial. Y en el último segundo, una mano que agarra un brazo cariñosamente y trasmite mucho más que un simple adiós. Un calor, un recuerdo, una promesa aún mantenida, débilmente, pero al fin y al cabo, indisoluble en el tiempo.

Hasta el próximo cruce de miradas.

lunes, 8 de marzo de 2010

Un relato antiguo


Hace casi diez años, me presenté a un concurso de relatos que organizó la revista QUÉ LEER junto con la firma ROCHAS. En dicho relato, cómo no, debía aparecer el perfume Eau de Rochas. Finalmente, mi relato resultó elegido entre otros para formar parte de un libro que publicó Ediciones Cardeñoso en Abril de 2001. Aquí tenéis la portada del libro que conservo con muchísimo cariño y os dejo el relato. Se titula Querida Ondina, espero que os guste.

QUERIDA ONDINA

Comenzaré contando lo que ocurrió dos noches antes. Antes de que encontráramos un cuerpo adolescente revelándose como un espanto entre unas sábanas blancas, en los dormitorios de las alumnas. Un cuerpo roto, con la cabeza girada hasta una posición imposible.

Es en una noche en la que no puedo dormir. Miro atontado el baile lento de los visillos de la ventana entreabierta, mientras pienso en ser algo distinto a lo que soy. Entonces escucho un ruido. Oigo el pomo de la puerta de mi habitación y al instante se abre dejando paso a una sombra: una silueta de mujer que avanza decidida hasta mi cama.

Qué veneno tienen las cosas prohibidas, que por más que las sabemos intocables nos empeñamos en transgredir siempre las normas. Siempre el ir más allá de la razón y la lógica es más atractivo. Siempre el no querer conocer las consecuencias es más cómodo que tener que luchar contra la conciencia.

Ella se acerca a mi cama en una noche de luna llena que me permite distinguir que es hermosa, sin llegar a reconocerla. Llega desnuda, y el imaginarla caminando por los pasillos de la escuela descalza, desnuda, osada, me lleva a creer que no es un ser real… que alguna ondina procedente de los sueños ha venido a visitarme.

Entonces me toca. Una mano helada acaricia mi pecho con infinita ternura. Se inclina hacia mí y posa sus labios sobre los míos, en un beso que significa que la persona, el cuerpo, la voluntad que llega a mí desde la noche, me pertenecen por completo.
Su olor se introduce en mis sentidos aturdiendo, aún más si cabe, mis percepciones, ya de por sí adulteradas por la acción clandestina de la muchacha. Porque sin duda, a esas alturas yo puedo intuir que se trata de una de mis alumnas. Y ese hecho confiere a la escena una excitación añadida… una expectación desmesurada.

Huele a perfume de flores. Agua de rosas que mitifica su cuerpo grácil y delgado. Ya no es una niña a la que yo pueda imaginar estudiando, con la cabeza metida entre los libros. El aroma que destila le confiere la elegancia de los sueños más deseados, la divinidad de las leyendas con esencia de mujer. Y me embriaga. Quiero unirme a ella en la noche, en miles de noches venideras, sorber la gloría de ese cuerpo bañado en pasión, saber de cada unas de sus moléculas, cada uno de sus pensamientos. Conocer el por qué de la suavidad de su cabello, la explicación a esa piel lechosa que es capaz de exhalar el perfume del amor…

Con un movimiento ágil se coloca sobre mi cuerpo que ya la anhela hasta el dolor físico. Toma mis manos y las lleva hasta sus pechos que están encendidos… –Siénteme… –susurra.
Aprieto tiernamente la carne que me ofrece con tan descarada generosidad. Siento crecer el deseo hasta confundirlo con la fragancia de las rosas que le habitan en el jardín de los ojos, en la voluptuosidad de unas curvas nacidas, hechas, recreadas en una noche de luna que se cuela en compases de tres por cuatro a través de los visillos blancos.
Me incorporo con la mujer sobre mí –ahora sí, mujer, nunca más muchacha, nunca más chiquilla, joven, estudiante, adolescente, niña, chica, alumna, cría, colegiala, neófita, primeriza, discípula- y la abrazo inesperada y tiernamente. La suavidad de su piel desnuda quema la yema de mis dedos, el tacto de mi abrazo.
Ya mis entrañas rugen por la premura de poseerla. Ni un solo pensamiento destinado a descubrir quién es. Por qué es. Sólo el deseo que me lleva más allá del deseo, que me vuelve salvaje y energúmeno. ¿Cuándo se te ofrece una ninfa en mitad de la noche? ¿Cuándo un cuerpo tibio y con aroma de flores quiebra la paz de una noche de luna para que lo enarboles como símbolo del amor?

Amor carnal. Amor sensual en el que se rinde culto a otro cuerpo, amor desesperado cubierto de sudor, amor que exhala rosas vestidas de besos, jadeos, amor que reafirma las moléculas del sexo, amor inconmensurable al penetrar en el otro cuerpo en una lucha infinita contra la precariedad de la condición humana, contra la vulnerabilidad de las vidas que se escapan por las bocas enredadas, contra la innegable y dolorosa condición mortal de dos cuerpos febriles que bailan en la noche, abrazados.

A través del otro, en el otro, nos encontramos y hallamos una pequeña parte de inmortalidad. Hombre y mujer… Abrazado a ella, me vuelvo loco porque su boca sabe a vino y suena una guitarra española que me hace sentir extrañamente vivo.

Amanezco solo en el silencio de una habitación que, horas antes, ha sido una vasija informe donde dos seres maceraron el amor hasta que se derramó más allá de la cama y la rendija de la puerta. Por dos veces, durante la noche, la celadora de la residencia se detuvo a escuchar, extrañada supongo, los sonidos animales que nos sacábamos el uno al otro de la garganta. Y la imagino sacudiendo la cabeza, confusa, al no poder descubrir el enigma que custodiaba la puerta del dormitorio de un profesor –de haber sido el de la alumna hubiese sido distinto, hubiese irrumpido fieramente con el puño levantado ostentando el poder de la autoridad para poner orden a tan descabellada imagen: la de dos cuerpos retozando, gruñendo, sacudiéndose de sí el indecible tedio de ser monótonos y unidades independientes–.

Nada más dejar mi habitación comienzo la búsqueda. Todo aquello que ignoré en la noche ahora me atormenta de un modo insistente y angustioso. Busco en los pasillos del internado el cuerpo que amé en mi dormitorio, pero la imaginación ha trastocado la posibilidad de la realidad. Si acaso me cruzo con la mujer que retuve en mis brazos durante horas no sabré, seguramente, diferenciarla de las jóvenes que corretean de aula en aula, que se susurran secretos y deseos al oído, que me observan divertidas ante el estupor que me embarga.
¿Puede ser la muchacha que he sacado a la pizarra para resolver un problema? Puede ser. ¿O tal vez sea aquella que bebe agua de la fuente mientras se sujeta el pelo con la mano? Tal vez. La celadora me mira con gesto hostil e interrogante desde el otro extremo del pasillo… Está esperando algún paso en falso que le revele lo que hubo dentro de mi habitación. Para juzgarme. Para sentenciarme.

La hora de la comida me sorprende en mi despacho, desanimado por no haber hallado a la ondina de mis sueños. Elevo una súplica mental, una petición de auxilio que, milagrosamente, es escuchada y atendida de inmediato. Unos nudillos golpean la puerta y tras mi permiso, una alumna vestida de uniforme se cuela en mi despacho.
–Perdone, profesor… ¿puedo hablar unos minutos con usted?
Sé que es ella. Una ella convertida, disfrazada de colegiala. La observo subirse las medias que le llegan hasta la rodilla y me enternezco cuando se coloca las gafas de pasta con un gesto pueril, heredado de la costumbre. Me observa con unos ojos verdes que poco a poco y ante mi estupor, se vuelven indiferentes y secos. Me taladran desde detrás de los cristales de las gafas.
–Lo de anoche… –comienza a decir, muy quedo– no se repetirá nunca.
Supongo que ella supone que sé quién es. Que la he reconocido. Supone bien.
–Fuiste tú la que vino a mí –me defiendo, sintiéndome traicionado.
–Sí, es cierto… Pero estuvo mal. Sólo quería probar y ahora que lo conozco, esperaré hasta que me haga un poco más mayor.
Dicho lo cual se levanta y me deja con la palabra en la boca, sin poder replicar a su cortante actitud. Quiero preguntarle… ¿dónde está todo aquel amor? ¿Dónde, la pasión extrema, la desconcertante reverberación del impulso animal?
Al irse, ha dejado flotando en el aire de mi despacho la fragancia de rosas que me está consumiendo el alma. ¿Dónde ha ido a parar toda la tibieza, todo el ardor que destiló aquel aroma en la noche?

Me acerco hasta la ventana y desde allí espío los movimientos de mi ondina, que ha salido al patio a reunirse con sus compañeras. La observo acercarse a un grupo de muchachas… son las componentes de la Hermandad de la escuela para señoritas Santa Cecilia. Al verla llegar se ríen y la abrazan. Le dan la mano, como si la estuvieran felicitando por algo. Le colocan una banda azul turquesa y una a una van besándola en la boca… Es su saludo de bienvenida.
Y al fin mi mente se ilumina. He sido una prueba. Todo el amor… Toda la pasión… Mentiras. ¿Cómo pueden mentir las ondinas? Las veo allí abajo, burlándose. Todos esos cuerpos tibios y tiernos bajo los uniformes escolares, ostentando un poder inconmensurable.
Sigo oliendo las rosas. Sigo viendo la sombra en la noche, la mujer amante. No puede haber sido aquella muchacha… No puede haber mutilado el amor de forma tan cruel. Aspiro fuerte el aroma que aún me envuelve y mi cuerpo necesitado toma vida…
De pronto, todo se ha vuelto de color rojo.

Han encontrado el cadáver de una estudiante en su dormitorio, en su propia cama. Alguien le ha partido el cuello. Parece una muñeca rota y cuando la he visto, a mí también se me ha roto el alma. ¿Quién puede haber cometido semejante crimen? Es casi tan cruel como reírse despiadadamente del amor y burlarse de un corazón ajeno.
No recuerdo el momento en que me avisaron. Y las horas transcurridas desde que ella dejó mi despacho son una sucesión de lagunas mentales y temporales en las que nada está claro. Sólo recuerdo una botella de whisky. Recuerdo una angustia inconsolable.
Y que yo estaba enamorado de ella.
El dolor es tan fuerte ante la visión del delgado cuerpo exangüe, que tengo que retirarme a mi cuarto para que nadie me vea llorar. La celadora sigue observándome con interés, ceñuda. Al menos he conseguido llevarme el pequeño frasco de cristal sin que nadie se percate de ello. Es sólo un recuerdo, algo que la estudiante guardaba en una de sus estanterías y que ya no echará de menos.

Ya en mi habitación, me echo sobre la cama abrazado al pequeño frasco de perfume. Eau de Rochas. Bebo su fragancia una vez más recordando su cuerpo. Tal vez la esencia de este aroma me traiga en noches futuras la visión increíble del amor… o la fortuna de ser visitado nuevamente por una mujer de cuerpo tibio, totalmente entregada a la pasión.

Y, si llegase a ocurrir, tal vez no tenga que apretar su cuello hasta sacarle de dentro esa esencia que me embruja y me domina.

martes, 2 de marzo de 2010

Un Premio


Mi blog ha sido premiado por mi compañera de fatigas literarias Pilar Cabero. ¡Muchas gracias, Pilar! Y tras el premio, tengo que contaros siete cosas acerca de mí y premiar a otos siete blog. Allá va:

1-Tengo el presentimiento de que no conseguiré acabar de escribir jamás una novela romántica. Intento luchar contra esa sensación, pero por ahora no voy ganando.

2-Cuando escribo, necesito tener a mano un vaso de zumo o de acuarius. No sé por qué, inventarme historias me da muchísima sed.

3-Me emociono muy fácilmente. Una vez (estaba embaraza) lloré con un anuncio de galletas. Aquel en el que un niño se ve desplazado por la llegada de un nuevo bebé y parece que nadie le hace caso.

4-No soporto que la gente no devuelva los libros que les prestas.

5-Mis hijas son el mejor regalo que me ha dado la vida.

6-Aunque parezca una estupidez, mis sueños literarios (los más persistentes a lo largo de mi vida) se han empezado a cumplir después de que mi madre me regalara "El Secreto". ¿Casualidad? No lo creo. No, después de haberme leído el libro.

7-Sigo pensando que aún me queda mucho por hacer. Cada día me parece que estoy en la línea de salida y tengo por delante un número ilimitado de metas por alcanzar. Espero poder conseguir al menos unas cuantas...

Y los siete blog a los que premio, cómo no, son algunos de los que aparecen en la columna de la derecha, porque lógicamente son los que más visito.

-Erika Gael
-Jodida y Contenta
-Ana Iturgaiz
-Angeles Ibirica
-Helena NC
-Olivia Ardey
-Pilar Cabero

lunes, 15 de febrero de 2010

El Amor Imposible

Rebuscando entre mis cosas me he encontrado un poema que escribí hace mucho, mucho tiempo... Es muy largo, así que os dejo algunos de mis fragmentos preferidos. Disculpad si es demasiado cursi o simple o está lleno de incoherencias. Como os digo, yo debía tener... ¿16 ó 17 años? Recuerdo perfectamente la tarde que pasé escribiéndolo, yo sola con mis sentimientos. A la luz de una lámpara de mesa, con unas hojas en blanco y un bolígrafo. Una de las creaciones más gratificantes que jamás haya escrito, aunque fuera algo sólo para mí. Ahora me apetece compartirlo, espero que os guste a pesar de ser un arrebato adolescente.

CATORCE DE JULIO

Rompieron una noche antigua
las estrellas
en el cielo oscuro, nunca vacío,
que trasnocharon con la sola idea
de verte, de verme
en aquel calor abrazados.

Mentiras, si digo frases
que no fueron ciertas,
que nunca sentimos
lo que ocurrió. Amanece
y mis labios
no
no han dejado de pronunciar tu nombre.
Y ese nombre, que daña mis adentros,
es mi eterna lucha
contra un mundo que no cree ya
en el amor.

Un número ilimitado de besos
oscuros profundos presagian
una larga ausencia...
Los brazos no abarcan
tanta inmesidad
y allí, parada la vida
en un breve instante de eternidad,
tú y yo y todas las lágrimas
nos decimos adiós.

Vuelan, se posan los pájaros
y cantan al amanecer
obligados, impulsados por un instinto
que todos poseemos.
Azules que se mezclan en el mar
reflejando el infinito.

..................Y siento
pulsaciones de paz
una respiración
una voz
susurra
..................Mi amor.

Y nos sabemos separados
ya de antemano.
Por eso es tan intenso,
duele tanto... tanto.

Podría ser la época de la felicidad
pero es efímera,
fina como sueño
que apenas puede recordarse.

Húmedos los ojos,
las bocas llenas de la dulce pasión
del otro, las lenguas,
las manos doloridas por intentar
retener, apresar, hundiéndose los dedos
en la carne del otro
por el intento vano de conservar
lo que llevan dentro,
y no puede quedarse dentro,
porque dentro no puede sentirse igual,
ni se puede coronar el amor
con estrellas de una noche de verano.
.......

Dormidos han quedado ya
los sueños y rumores,
la sobre intensidad de un momento
que ha sido explosión, luz,
y ha podido marcar de por vida
unos cuerpos mortales llanos de la fuerza
que podría haberlos mantenido,
sostenido eternamente en una nota
larga triste melódica de oboe
o flauta dulce.
Dormidas ya las esperanzas,
dormidos nosotros. Así, el dolor
permite respirar.
.......

No me pienses tanto en estos años
que aún faltan
para completarse el ciclo de lo que llaman
amor imposible.
Que dicen, que es cuando la llama
por falta de tiempo
no se consume,
y el amor, por breve y fugaz,
no llega a herir nunca,
y nunca se sabe
de desengaños,
o de regresos a la vida vulgar
desde el mundo de los sueños.

Que dicen, del amor que nos embarga,
que no puede perderse
pues apenas se ha encontrado,
y no quema tanto los ojos
como queman las traiciones,
pues ¿cómo puede quemar
aquello que es eternamente brasa,
y se ha conocido candente
y se lame y se mete en el cuerpo
todo el ardor que lo hace ser
lo que es
lo que ha sido
lo que siempre será: el amor imposible?

Y cuando el ciclo se complete
y pasen los años de soledad,
los otoños de mundos grises
tras las ventanas contemplados,
las primaveras,
de flores cuyos nombres ignoramos,
los inviernos de felicitaciones
y tal vez alguna nota o tarjeta
que me acerque a la esperanza,
y los veranos, siempre
los veranos
...........sobre todo
.....................los veranos.
Cuando el ciclo se complete
volverán a encontrarse
nuestras almas.
.......

Miento, si me digo
que ya no existes en mi mundo.
Y callo, arrebata
por la cólera que centellea
en los ojos que recuerdo
y que amo.
Cólera, pasión, furia
en los ojos de agua,
por la impotencia de perder
no ya al otro, sino a uno mismo
entre los oleajes de olvido
y verse desaparecer, esfumarse el yo
creado con el favor de un corazón
encontrado de improviso,
que nos ha reafirmado en la condición
de seres humanos
y ha inyectado en la sangre
los sentimientos que harán escocer
el alma
.......el cuerpo
................la vida
y nos harán reconocer en nosotros
El Amor

EL SECRETO DE MALCOM

Hola, mundo!! Pues sí, ya lo tenemos aquí... POR FIN . Ha tardado un poco más de lo que esperaba, pero ya puedo decir que Malcom deja d...